sábado, 24 de febrero de 2007

una tienda de recuerdos

Desperté con la noticia de que se había quemado una tienda de recuerdos, las escenas en el televisor eran abrumadoras, los bomberos corrían con la cara manchada de cenizas, cenizas de recuerdos. En el telediario no le daban mayor importancia que el incremento de la tortilla o la encarcelación de un violador, pareciera que era más importante el fútbol. Ahí estaba divertido con la idea de que un día se quemara mi propia tienda de recuerdos.
Olaf era de esa clase de amigos que se movían independientes por el mundo, era un espíritu libre, pareciera que las reglas del mundo no aplicaban para el como aplicaban para el resto del mundo; estaba entre sacado de un sueño y un viaje ácido; el, por su carácter era difícil de digerir y no fácilmente agradaba a la gente, pero cuando lo conocías lo amabas.
Ahí estaba Olaf a pesar suyo, ayudándome a desempacar las cosas en la nueva casa, entre pláticas y cajas, de repente surgió una foto del que fuera mi primer amor, y me pregunte entre amargura y nostalgia, ¿Dónde estaría? ¿se acordara de mi? ¿Es feliz?

Olaf tenia la fortuna de no saber de codependencias amorosas, por que el al igual que yo tenia un vicio, yo iba por el amor como el por el trabajo, así que no le comente nada, por que ya sabia de sus sermones acerca del amor y de la felicidad.
En ese momento recordé la noticia de la mañana.

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